martes, 20 de marzo de 2012

De la muerte



No lloré, pero se me saltaron las lágrimas. El sol se estaba poniendo y en el cementerio, cargado de sentimientos, el leve viento que soplaba parecía que cortaba, frío y seco, como si el verano también hubiese muerto de repente.

El entierro transcurrió tranquilo. Al finalizar me encontré solo, mirando al horizonte de la tumba. Y sólo en ese momento reconocí donde y porqué estaba allí. Estábamos enterrando a alguien que hace unas horas estaba vivo y ahora no lo estaba. Mi mente recorrió las pocas veces que había visto a esta persona y que aun así era tan cercana a mí. Y es que, en las últimas semanas, dos, tres, cuatro personas de mi entorno habían perdido la vida. 

Solo entre las tumbas, y aunque a mi alrededor había gente, seguía solo, pensando en cómo sería perder a alguien que realmente forma parte de tu día a día y da vida a tu corazón. Desgarrador.

Y si después de la muerte no hay nada... ¿A dónde se han ido? ¿Y por qué? ¿Y por qué se sienten todavía si están muertos? 

Vamos de vuelta, al lugar de donde vinimos, donde moran las almas que somos las personas. Y que una vez acabado el contrato, regresamos nuestro cuerpo a la tierra y seguimos adelante, para afrontar un nuevo reto, en el que nuestro cuerpo ya no tiene lugar, pero nuestra alma, nuestro interior, es todo lo que tenemos, para hacer frente a ello. 

Al salir del cementerio, lo hice con paso lento, ahora consciente de que cada uno de mis pasos me llevaba a ese destino. Que no es final, como nos empeñamos en pensar, ni no que el camino viene antes de nacer y continúa después de morir y que cada paso adelante es tan importante y tan determinante en esta vida  como el anterior. 


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